¡Vaya ironías del destino!
El documento de amparo de los hijos de Andrés Manuel López Obrador no salió de la nada ni como un capricho burocrático; es un acuerdo oficial del Juzgado Noveno de Distrito en Materia Administrativa de la CDMX, con todos los sellos federales que lo vuelven incuestionable. Y ahí aparece, nada menos, que el amparo 1728/2025, promovido por un tal Francisco Javier Rodríguez Smith Macdonald —nombre de novela de espías—, protegiendo a “Andy” López Beltrán, su hermano Gonzalo y compañía.
¿El motivo? Blindarse contra eventuales órdenes de aprehensión ligadas a investigaciones de la FGR sobre el famoso “huachicol fiscal”.
Y ojo, no es caso aislado: en Tabasco ya suena el 1446/2025, donde entra al baile José Ramón, y en Zacatecas el 2098/2025, todos con el mismo libreto: suspensiones de plano para que “nadie los toque” mientras se aclara el asunto.
Aquí está el doble filo del amparo: un instrumento constitucional legítimo (artículo 103), que nació como dique contra abusos de poder, hoy convertido en paraguas protector de quienes antes denostaban su uso.
Porque, seamos francos, no hay condena ni detención, pero sí una dosis enorme de hipocresía política: el presidente que en cada mañanera gritaba que los amparos eran refugio de fifís y corruptos, prometiendo reformas para limitarlos, ahora ve a sus hijos —o, al menos, a nombre de ellos— echando mano exactamente de ese mecanismo para blindarse contra la FGR.
Morena, La Esperanza de México. se apresura a negar que Andy lo pidiera. Pero el simple hecho de que aparezcan en expedientes oficiales, beneficiándose de suspensiones automáticas, huele más a protección selectiva que a casualidad. Y políticamente es un boomerang: dinamita el discurso de “austeridad republicana” y “no robar, no mentir, no traicionar”.
En la práctica, se trata de un auto gol épico: AMLO pasó seis años atacando a quienes usaban el amparo como escudo, y hoy sus propios vástagos lo abrazan como chaleco antibalas jurídico. Es como si hubieran tomado una metralleta, apuntado al zapato familiar y disparado con los ojos vendados, gritando “¡es un compló!”.
Resultado: la oposición se frota las manos, la opinión pública se ríe (o llora), y el discurso anti corrupción de la “Cuarta Transformación” queda cojeando. México despierta: el amparo no es pecado... salvo que lo pida tu adversario.
Pd. Cuando los legisladores construyen una ley, deben hacerlo pensando como ciudadanos permanentes, no como servidores públicos pasajeros.
Y por cierto, a propósito de las reformas que se pretenden a la Ley de Amparo, esa suspensión —la misma que hoy protege a los hijos del presidente y a sus cercanos— hubiera sido imposible. En otras palabras: es pegarse un balazo en el pie, mutilar la única herramienta que equilibra al ciudadano frente al poder… justo cuando el propio poder la necesita para blindar a los suyos.
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