Toda la vida he oído la misma pregunta: "¿Cómo te puede gustar el futbol?". Por lo general, quien pregunta lo hace desde prejuicios existenciales válidos: el futbol es una pérdida de tiempo y no deberíamos desperdiciar vida viendo a 22 adultos corretear detrás de un baloncito. Cuando tengo ganas de fregar (como hoy), suelo citar a Albert Camus: "Tras muchos años en que el mundo me ha brindado las más diversas experiencias, todo lo que sé sobre la moralidad y las obligaciones hacia los demás se lo debo al futbol".
Y es que el futbol podrá ser el nuevo estupefaciente del pueblo, según estirados como Jean Baudrillard, pero no deja de ser cierto que subyace a este juego lo mejorcito de la cultura occidental: la existencia de unas reglas iguales para todos (isonomía); la creencia en la impartición de justicia (seguridad jurídica); el respeto hacia la figura de un juez o árbitro (respeto no extensible a su mamacita); la idea de que nadie es indispensable (ni Ronaldinho, ni Messi); la capacidad de poner el objetivo común sobre el personal; y la humildad para aceptar la derrota, reconocer el mérito del otro y saberse parte de un equipo. Tal como sostiene Camus, en un "frívolo" partido de futbol concurren las virtudes sociales y morales de la democracia: legalidad, justicia, magnanimidad, solidaridad y humildad.
Tristemente esas virtudes son las que se echan de menos en los otros partidos, los que ni son juegos ni se creen frívolos: los partidos políticos. Basta ver lo ocurrido con las tragedias de Tabasco y Chiapas para darse cuenta que ahí donde el superficial juego de pelota ha logrado coordinarse y aglutinar la buena voluntad de gente de todas las clases sociales, colores políticos, creencias religiosas y preferencias deportivas para beneficio de los damnificados; los solemnes partidos políticos no han hecho más que dividir, echar culpas y buscar el lucimiento personal de los suyos.
Los simpatizantes del Peje me habrán de perdonar, pero a su líder se le echa de ver que no es futbolero. Digo, amén de desconocer reglas, descalificar árbitros, no asumir derrotas y sentirse indispensable para la marcha del País, eso de etiquetar sus cinco toneladuchas de víveres con un NRDA (Nos Reservamos el Derecho de Ayudar), "Members Only", es una mezquindad rayana en la obscenidad, como lo es ponerse a apuntar flamígeros dedos con el afán de exasperar los ánimos de los que sufren, sin solucionar su hambre, miseria, ni sufrimiento inmediato. Ante una tragedia de esta magnitud ni es la forma, ni son horas de ponerse a comprar votos o adoptar aires de oráculo pontificando que, "si se hubiera" hecho esto o aquello, no habría nada que lamentar.
Actitudes de ese tipo no llevan a nada y, tan es así, que los medios pejistas han hecho cómodo mutis de las críticas que le han llovido al PRD, porque -dicen los miembros de la izquierda radical chiapaneca- debido a "su corrupción, ambición de ocupar puestos insignificantes y su entreguismo", los líderes estatales del Sol Azteca no hicieron nada para evitar la tragedia de Chiapas (www.militante.org).
Pero los del PRD ni se dan por aludidos ni se dan cuenta que mientras esa sociedad burguesa que tanto aborrecen se ha volcado hacia los centros de acopio, mientras el Ejército se la rifa repartiendo ayuda, mientras las pérfidas empresas hacen donativos en dinero y especie para llevar la ayuda a las zonas de desastre, mientras los equipos de futbol y sus estrellas animan a la gente a ayudar, mientras "Pendejiza" y "TVApesta" -como los amlistas, en su vulgaridad característica, llaman a los principales medios de comunicación- no cesan de conminar a la solidaridad; mientras democráticamente cada quien suma lo poco o mucho que puede y/o quiere, ellos parecen buitres panteoneros atraídos por el tufo de tragedia y están relamiéndose la oportunidad de reclamar las víctimas para sí.
Los miserables son nuestros -parecen decir estos zopilotes mojados-, su sufrimiento es monopolio del Peje y de su tragedia haremos carroña fresca para alimentar a nuestro movimiento. De plano, qué izquierda tan pobre es el amlismo: una izquierda que por luchar contra el PAN se ha olvidado de luchar a favor de México; una izquierda para la que toda tragedia es motivo de regodeo y ocasión para arrojar piedras; una izquierda incapaz de ponerse, con el resto de la sociedad, a hacer el bien sin esperar nada a cambio. Una izquierda que, de tanto luchar por cosas pequeñas, se ha hecho a sí misma insignificante.
Claudia Ruiz Arriola
sherpa01@gmail.com
jueves, 15 de noviembre de 2007
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